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Antes de que La Paz y la península de California toda se pusieran en la mira de los desarrolladores turísticos internacionales, la característica fundamental de estos territorios era su relativa virginidad. No había industrias contaminantes cercanas a sus escasos reservorios de agua dulce. El cemento, el acero, el aluminio y el cristal no habían sustituido aún a la madera, el ladrillo, la piedra, la vara y la palma como elementos constructivos. La población en sus pueblos era también escasa, y los desechos sólidos podían manejarse sin grandes problemas.
El paisaje sudcaliforniano era una bendición para los sentidos de quien supiera apreciarlo con sus contrastes coloridos, su clima extremoso y con la fuerza a veces destructora de aquellos sus “chubascos”.
En la bahía de La Paz, la ensenada de Balandra es la joya: a ella han ido siempre los paceños, como en peregrinación, a disfrutar de sus aguas poco profundas, sus almejas al alcance de la mano y un panorama único: cerros agrestes de roca volcánica con aguas cristalinas al pie, junto a blanquísimas dunas protectoras del manglar.
Un inversionista especulador compró años atrás aquel terreno y hoy se propone construir allí grandes edificios para el disfrute del gran turismo, ese ente que derrama divisas, crea algunos empleos y se apropia del paisaje en exclusividad, volviendo difícil el disfrute a sus “dueños” originarios, herederos de una tradición que viene de milenios, cuando los nativos californios aquí acampaban para alimentar cuerpo y espíritu.
Hay un movimiento que intenta rescatar Balandra como Área Natural Protegida, una iniciativa digna de apoyo ciudadano. Anotémonos.
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