En un país como el nuestro, tan “a medias tintas” en todo lo que ha desarrollo, vanguardia, tecnología y educación se refiere, es fácil encontrarse con la certeza de una sociedad (y las instituciones que la conforman) carente de eficacia y eficiencia.
Un país en vías de desarrollo, eso es a lo que se llama a una nación que no ha terminado de salir del fango; un país que no ha superado su propia historia y que aún permanece en desgastantes luchas sociales que no terminan de ser obsoletas para su tiempo.
Pero si de analizar a nuestro país se trata, basta con echarle un vistazo a cualquier institución de índole gubernamental. Es ahí donde uno visualiza el verdadero rostro del mexicano, su historia, su política y su comportamiento interpersonal.
El Instituto Federal Electoral, está para darnos un fiel ejemplo. Asientos incómodos, trámites extensos, horas perdidas, malas caras, arcaico uso tecnológico, pésimas instalaciones, burocracia a la orden del día. Todo lo que conlleva un mal servicio comunitario.
Todas las condiciones en donde se realizan los trámites de registro, son pésimas. Desde las austeras bancas que descansan bajo un techo de lámina en el que un par de decenas de personas esperan largas horas a que le llamen por su número de ficha, que, para variar, es ya una forma añeja de tomar el turno (y esto, como se dijo, refiriéndose a una nación en vías de desarrollo). Sí, una ficha, hecha de papel reciclado con un número escrito con un bolígrafo negro. Además, una vez que uno llega, toma turno y espera, tiene que estar dispuesto a perder varios minutos de su valioso tiempo, porque, a decir verdad, hay dos (tal vez tres) empleados atendiendo los módulos, no más. Se atiende a una persona cada treinta minutos (si uno es afortunado). La incomodidad del asiento, el polvo, el calor impasible, la espera desesperada, el sudor haciendo añicos la ficha de turno, el hambre y la sed, y allá a lo lejos, un coche tarareando la melodía publicitaria del IFE, invitando a la gente a acudir a su módulo para que cumpla con sus obligaciones de ciudadanos.
Es entonces, cuando en medio de toda esta casi barbarie social, uno se pregunta, ¿qué se hace entonces con los impuestos? Si esas instalaciones han estado durante mucho tiempo en las mismas condiciones y nadie hace nada por remodelarlas y transformarlas en una verdadera institución, justa y respetable. Tanta publicidad, tanta fama y prestigio que el IFE busca obtener a través de los medios masivos de comunicación, con ese servicio se va al carajo.
Es por ello que cuando uno habla de alguna institución, está hablando también de una parte ideológica-conductual del país donde se encuentra, puesto que es una pieza fundamental en la dinámica política de una nación. Hablemos del IFE, y se dará cuenta, estimado lector, cómo andamos en México. Y para muestra, basta un botón.