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STALIN EL COMUNISTA EXTERMINADOR
« Nuestro asesino en serie mayor es Staline »
Boris Lakunin, autor ruso de novelas policiacas.
Durante muchos años me resistí a creer que José Stalin era uno de los peores criminales del siglo XX, comparable sólo a su contraparte capitalista, Hitler. Para mí, y para muchos de mi generación, se trataba de pura propaganda antisoviética lanzada para desprestigiar al comunismo. Reconocía que en la extinta URSS había un régimen policiaco, pero lo justificaba por las presiones occidentales y la guerra fría. La vigilancia era necesaria. Sin admirar a Stalin, lo consideraba como un héroe de la Segunda Guerra Mundial y un dirigente que había sacado a las repúblicas soviéticas del atraso. Nacido en la república socialista de Georgia (hoy independiente de Rusia), José Stalin era un hombre del pueblo. La persecución de Trotsky y su asesinato en México, una peripecia de rivalidades comunista en la toma del poder después de Lenin.
Esta imagen se empezó a resquebrajarse cuando me convencí del pacto de “no agresión” soviético-alemán, firmado por Molotov y el representante nazi, en presencia de Stalin. Este pacto tenía como cláusula secreta la partición de Polonia, así como la represión de cualquier veleidad de independencia en el territorio ocupado. Gracias al pacto la URRS anexó a los países bálticos, Estonia, Letonia y Lituania, y obtuvo la autorización para invadir Finlandia. En los años que estuvo en vigor el pacto nazi-comunista, Stalin entregó a la policía alemana a varios dirigentes comunistas alemanes que se habían refugiado en Moscú, además de suministrar trigo a los ejércitos del führer .
El golpe de gracia llega en estos días, en que se conmemoran 70 años de las llamadas “purgas stalinistas”. Lo que era apenas una vaga sospecha, se convirtió en una certeza cuando el delegado ruso a los Derechos Humanos, Vladimir Lukin denunció un verdadero terrorismo de estado entre 1936 y 1938. En el informe entregado para recordar el inicio de las purgas, Lukin escribe: “Hoy disponemos de pruebas documentadas sobre alrededor de dos millones de víctimas, de las cuales 725 mil fueron ejecutadas. Esto puede denominarse ‘terrorismo de estado’ contra su propio pueblo”. Añadió que de acuerdo con estudios recientes, Stalin firmó y ordenó de su puño y letra por lo menos 40 mil ejecuciones.
Staline ejecutó a todos los dirigentes que acompañaron a Lenin, excepto a Molotov; Bujarin, Rykov, Yagoda y otros altos dirigentes; todos habían participado en la Revolución de Octubre, y así consolidó un regimen dictatorial que echó por tierra cualquier ideal social. Gulag, policía, terror de estado, fue la herencia comunista que se había iniciado como una prolongación de los ideales de la Revolución Francesa. Stalin fue en resumen un dictador terrible, a pesar de lo que pretendan algunos nostálgicos del comunismo puro y duro, staliniano.
El prestigio de los dictadores es tenaz, como lo es la fascinación por la violencia. Los grupúsculos neonazis proliferan en Europa del Este, esa parte de Europa que estuvo sometida al stalinismo y sus métodos. Muchos intelectuales franceses, comunistas y no comunistas, jamás denunciaron a Stalin, a pesar de que su régimen felicitó a Hitler cuando tomó París. Y muchos dudan en ponerle a su nombre el epíteto de “dictador”. Un 5 de agosto de 1937 fue firmada la orden que iniciaba las grandes purgas en la Unión Soviética, hace 70 años. Esos dos millones de víctimas, claman justicia.
Como la claman los miles de fusilados por el régimen de Fidel Castro, o los miles de desaparecidos en Argentina, o los enterrados en fosas comunes del régimen franquista, o los ejecutados por Augusto Pinochet. No hay dictadores buenos y dictadores malos: hay dictaduras. Y la de Stalin fue una de las más cruentas del siglo XX.
Enrique Atonal,
París, agosto 2007
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