Imprimir

TE VAS A PARTIR...

Ana Sofía corrió, como siempre, con paso raudo, de prisa, con alas grandes, abiertas, hasta el quieto columpio que estaba al margen izquierdo del par de trapecios. A su derecha estaba ya remeciéndose, León X, Nick, su hermano, y se meneaba poseso con sus pies de zaguero. Era, además, su columpio, el más bajo de ambos y podía sentarse y moverse con cadencias de niño, no pedía ayuda ni nada, de nadie, lo hacía solo, era autónomo. Lo lograba frenético, era obseso el mocete.
En cambio, Sofía, al querer balancearse, no lograba el intento con sus siete cumplidos, y volvía y volvía, jalaba las cuerdas tirantes y rectas y lanzaba los pies por delante y así, no lograba lo que ella quería. Deseaba llegar hasta arriba y lograr la subida de Leonde, su hermano, hasta el fin del meneo. No conseguía el acunarse, estaba necia, tozuda, fue entonces cuando ella me dijo premiosa:
-Abuelo, dile a mamá que venga para que mesa el columpio .
-No, mi´ja, no, ¿cómo voy a decirle que nomás venga para eso? Está ocupada, yo te columpio, faltaba más, voy con mi hacha.
Y tomé mi bastón y me paré a bambolearla.
-¡No, abuelo, tú no, te vas a caer, te caerás!
No, hija, yo ya lo he hecho antes, yo me pongo atrás, por la espalda, y te empujo con tiento.
-No, te digo que no, te puedes caer.
-No, no, verás, yo te aviento y te irás tú solita, pero afiánzate bien con las manos firmes.
-No, abuelo, te digo, no lo hagas, que no, te vas a partir la mandarina en gajos.