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De UBCS y Pink Floyd
Por acuerdo de asamblea, Los 7 Pilares traslada su sesión ordinaria del jueves, a la Universidad Autónoma de Baja California Sur, más conocida en el bajo mundo porteño como “La UBCS”, nadie sabe por qué. Por qué lo de la sustracción arbitraria de la “A”, porque lo del traslado sí se entiende: frente a Rectoría, un grupo de roqueros que no se cuecen ya ni con semillas de papayo, van a cantar y tocar rolas de Pink Floyd, como homenaje al grupo británico y por el placer de rasguear y percutir cuerdas y parches con talento.
El infelizaje habitual en el aguaje más permisivo, libertario y entretenido de la isla, luego de un rato de calentar el plástico de las sillas cerveceras, se pregunta por qué tan poca raza universitaria vino al acto. ¿No sienten el feeling en las guitarras? Los redobles de la batería ¿no les provocan ñáñara alguna? Ese bajo rítmico con sus tiempos perdidos ¿no les incita a acompañarlo moviendo ambas patitas? El llorido franco del requinto que ejecuta el Barranco ¿no les mueve el ánimo y les deja el alma en el vivo hueso? El sonoro, melodioso concierto que los instrumentos llevan con la brisa nochurna hacia los salones de clase donde habrá quienes se aburren como ostiones con alguna clase de Derecho Aduanero o con los reptiles voladores del Jurásico que revolotean sobre Ciencias Políticas, ¿no los convoca a salir corriendo para llenar sus espíritus con acordes sacudidores de polilla anímica? Estas y otras preguntas retóricas se harán La Doñita, El Parara, Carambuyo Bill, El Bolas, El Viejo Chamán yaqui y El Juntabotes, entre un aplauso y otro de la raza que sí vino a exorcizar a los demonios que en forma de candidatos a diputado federal se ciernen ominosos sobre sus almitas democráticas. ¿Cómo vamos a inyectarnos el ánimo de energía espiritual para luchar contra la partidocracia que alevosa nos amenaza, si no bebemos en estas fuentes?, ha de reflexionar el anciano yaqui, que en sus ya tres siglos de andar por estos territorios no había sentido ese vacío, esa como enfermedad que roe los corazones más valientes entre los californios. Antes, ha de pensar, soportábamos con estoicismo solamente las triquiñuelas del partido casi único; hoy nos llueve vaquetonada y malas razones desde todos los partidos existentes; que legislan sí, pero para asegurarse una larga vida de prerrogativas, altísimos salarios y defensa de intereses contrarios a los de la ciudadanía…
De ese tenor ha de ser el soliloquio que el anciano de la Pimería se trae en sus ya escasas neuronas. Pero de todo ello se olvida cuando le ganan la síncopa y el jelengue que dos guitarras, un bajo, un teclado y una batería arman allá arriba en el estrado, frente a la Rectoria de la UBCS, en esta fría noche de febrero que a muchos de los ruquitos que gufean emocionados acá abajo, traslada a los años setenta, cuando éramos tan felices y nos queríamos tanto.
Invitados por Cultura Municipal y por Servicios Estudiantiles de la más universal de las casas porteñas, vinieron los vagos estos al Campus para asombrarse ante dos soles en ese atardecer y a ver el lado oscuro de la luna, tocar el muro y todo lo demás. El Parara jura haber visto también, sobre las brumas del escenario y las cabezas de los músicos, frente a Rectoría, a un cerdo volador. Qué imaginación.
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